CUESTIÓN DE REGISTRO - ANDRÉS MAURICIO MUÑOZ

Cuestión de registro

La casa la compramos después de seis años de casados. Es
una casa grande; bueno, también es cierto que, comparada con el
modesto apartamento en que vivíamos, de no más de setenta
metros cuadrados, cualquier casa puede parecer enorme. Incluso,
si la comparo con este cuarto diminuto, casi una pocilga, donde
ahora vivo, podría decir que la casa es gigantesca. De cualquier
manera creo que es mejor aterrizar el dato. Tres pisos. Ciento
noventa metros cuadrados; todo un potrero, le dije a mi esposa,
exesposa, cuando la miramos por primera vez. Tres habitaciones.
Un estudio. Sala. Comedor. Cocina. Patio para asados. Y un altillo
en donde siempre imaginamos que tendríamos veladas
románticas. Mira, amor, le decía, subimos unos cojines de piso, un
equipito de sonido, una esterita y a tomar vinito rico. Ella sonreía y
me pasaba la mano por la cabeza, acomodándome el cabello. A
ella le importaba más determinar cómo distribuir las habitaciones
para cuando llegaran los hijos. Esta, decía entusiasmada, sería la
de la niña; después se ponía un dedo en la boca como para
reafirmar su convicción y continuaba, porque tiene baño, y toda
mujer necesita su privacidad. Después entraba a la otra
habitación. Se paraba en la mitad y comenzaba a mover la cabeza
alternativamente a uno y otro lado; la cama habría que ponerla
allá, contra el rincón, porque el niño podría usar la cama como
escalera y jugar en la ventana. Mariana es así y eso me gustaba;
quiero decir que tiene una habilidad particular para anticiparse a
todo. Es una mujer metódica. Planea. Visualiza. En cambio yo, a
duras penas, cuando estoy en la ducha si acaso pienso en el
trabajo que me espera. Hoy, por ejemplo, tengo que entregar un
pedido y aún no lo termino.

Con Mariana, cuando nos casamos, habíamos decidido
que los primeros años serían para disfrutar el matrimonio.
Disfrutar el matrimonio significaba viajar mucho. Irnos de rumba
sin ningún tipo de preocupación. Tirar en cualquiera y cada uno de
los setenta metros cuadrados de nuestro apartamento. Así, lo
habíamos planeado, lo había planeado ella, podríamos vivir tres
años; después, nada de protección y mucho sexo, al menos tres
veces por semana, y de seguro los niños llegarían. Los primeros
tres años cumplimos los planes a cabalidad. Viajamos varias
veces fuera del país. Dado que mi trabajo como consultor de
tecnología en una multinacional suponía varios viajes, en algunas
ocasiones extendía mi regreso, pedía vacaciones y ella me caía
allá. También nos cautivaba la posibilidad de tomar el carro y huir
de Bogotá en los puentes. Mariana me decía de forma
espontánea, o al menos así lo creía en un principio, cuál era el
rumbo que debía tomar. A veces salíamos de Bogotá por el norte
y terminábamos en Villa de Leyva; otras, enfilábamos por el
occidente para ir a tirarnos tres días junto a una piscina de un
hotel en Villeta. En algunas ocasiones, también, íbamos más lejos
y terminábamos en el Eje Cafetero. Mariana, sin embargo, pese a
que nuestras escapadas parecían tan arbitrarias, siempre tenía
reservaciones para todo. Detente aquí, decía, este es el hotel
donde nos quedaremos; después, frente al mostrador, decía que
tenía una reserva a nombre de Mariana Garcés González para
dos noches.
Pero a los tres años, cuando ella ya bordeaba los treinta, tal
como estaba previsto, el tema del primer hijo se nos atravesaba
en todo momento. Yo, en un principio, me mostraba un poco
evasivo; de alguna manera pensaba que aún teníamos tiempo
suficiente para pensar en eso. Pero claro, en toda mujer, a esa
edad, como me dijo un amigo, comienza a insinuarse la fecha de
expiración en la frente. Y cuando eso pasa, sentenció, ya no hay
nada que hacer. Entonces pensé que, quizá, era hora de sentar
cabeza y plantearse verdaderos desafíos en la vida. Así que nos
pusimos en la tareíta. Pero la tareíta se extendió demasiado y
Mariana se angustió.
Varias veces, cuando llegaba al apartamento, bastante
agotado, la encontraba llorando; tengo el periodo, decía, entonces
me acercaba y pretendía consolarla. A veces se dejaba,
simplemente recostaba su cabeza en mi hombro y me escuchaba;
otras, en cambio, pretendía culparme. Es que a ti no te importa,
me decía, esa es la razón por la que no funciona nada. En
algunas ocasiones la dejaba hablar hasta que se desahogara, lo
que ella interpretaba como la confirmación de que a mí me tenía
sin cuidado el asunto; otras, en cambio, discutíamos bastante
fuerte y terminábamos algunos días distanciados. En ese ir y venir
de ilusiones y angustias, que se sucedían mes tras mes, se
pasaron otros tres años. Recuerdo visitas a diferentes clínicas de
fertilidad; exámenes, pastillas para inducir la ovulación en ella y
vitaminas para mí. También, algunas sesiones forzadas de
masturbación para analizar la calidad de mi esperma; lo cual, a
decir verdad, me resultaba en cierta forma traumático. En la
última, ante mi imposibilidad de generarle a la enfermera tan solo
una pequeña muestra, fui provisto de una revista pornográfica de
los años setenta. Recuerdo la imagen grotesca de un tipo
bigotudo de enormes patillas, desnudo casi por completo si no
fuera porque aún conservaba sus botas texanas; frente a él, una
mucama pulcramente ataviada disponiendo todo para que él
entrara en ella. Pero aquella última sesión supuso también una
espera en que la tensión se disipó un poco. Después, como en
todo ciclo, volvimos al punto de partida. Cuando prácticamente ya
nada nos entusiasmaba, se dio la oportunidad de la casa.
Entonces la compramos. Lo que no imaginamos fue que, por
azares de la vida, no viviríamos en ella más de dos semanas; peor
aún, ninguno de los dos estaba cerca de intuir que en cada una de
las diligencias notariales, que se complicaron tanto, asistíamos
también al comienzo de nuestra ruptura.

En un principio, sin embargo, Mariana recuperó su
alegría; comprobé cómo su entusiasmo renovado la llenaba de
vitalidad. Seguía, eso sí, preocupada por el asunto de la fertilidad;
pero ahora todo lo miraba desde otra perspectiva. De alguna
manera, asumía, la maternidad era algo que en algún momento
llegaría. Entonces, algunas semanas antes de que nos entregaran
la casa, dedicó todo su empeño en anticiparse a la decoración.
Los fines de semana hacíamos tour por la ciudad mirando
muebles de diferentes tapizados, cuadros, bibliotecas, vajillas,
mesitas de centro y cortinas. Fue así como conocimos al señor de
las cortinas, al cortinero, como empezó a llamarlo Mariana de
cariño cuando entre nosotros nos referíamos a él. Preocupados un
poco por el presupuesto, decidimos visitar negocios un poco más
austeros. Mariana decía que las típicas tiendas de cadena podrían
cobrarte casi el triple por una misma cortina. Ocurrió entonces que
muy cerca de la casa vimos un anuncio notable pero sobrio que
decía: “Se venden e instalan todo tipo de cortinas”. Así que
entramos. A Mariana el catálogo le pareció de maravilla; los
precios, bastante moderados. El tipo, además, le resultó
simpatiquísimo. Esa tarde abandonamos el local con la promesa
de llamar una vez nos hubieran entregado la casa para que él
pudiera asesorarnos mejor y tomar las medidas. Y así fue.
Unos días después nos entregaron la casa. Todo salió
muy bien sincronizado. El apartamento lo vendimos bien y el
mismo día en que recibimos la casa, por la tarde, nos mudamos.
La entrega del apartamento a nuestro comprador ocurriría, sin
embargo, un par de semanas más tarde. Entonces Mariana me
pidió que llamara al cortinero para que fuera, en lo posible, al otro
día por la mañana; le aterraba pasar más de tres días sin cortinas.
El tipo llegó a la hora convenida. Nos felicitó por la casa. Tomó
medidas en todos los espacios que requerían cortina. Se sentó
más de una hora con Mariana y conmigo a revisar de nuevo las
muestras del catálogo. Al final escogimos unas tipo panel oriental;
no era un modelo convencional, pero era lo que estaba de moda.
Además, bastante prácticas: con un precario mecanismo corredizo
se desplazaban fácilmente de izquierda a derecha y poco a poco
los paneles se superponían. Mientras Mariana terminaba de definir
con el cortinero los últimos detalles, me entró una llamada de la
inmobiliaria a través de la cual estábamos comprando la casa.
Tuve una fuerte discusión. La cuestión era que, pese a que nos
habían entregado la casa, aún no firmábamos las escrituras.
Habíamos dado casi el cincuenta por ciento de cuota inicial; lo
restante se pagaría con un crédito hipotecario a través de un
banco. Pero el trámite del banco estaba detenido hasta tanto se
firmaran las escrituras. Así las cosas, habíamos dado una gran
cantidad de dinero por una casa que aún, legalmente, no nos
pertenecía. La señora que nos vendía la casa, Melba Tarazona,
tenía un problema con el trámite. El asunto era que, como era
separada y el proceso de divorcio no estaba debidamente
registrado, la casa aún aparecía a nombre de ella y del que en
algún momento había sido su marido. El notario había sido tajante
en explicar que requería un acta registrada de disolución de la
sociedad conyugal. Ahí debería constar que el predio, al margen
de que la distribución de bienes hubiera sido de común acuerdo,
quedaba enteramente bajo su propiedad, para así poder venderlo.
De tal manera que, para no dilatar el proceso, y porque le urgía el
dinero para pagar un nuevo y ostentoso apartamento al que se
mudaba, aceptó entregarnos la casa con solo la cuota inicial
mientras ella destrababa todos sus asuntos. La llamada de la
inmobiliaria era para, una vez más, posponer la cita pactada para
la firma de escrituras.
Cuando colgué, Mariana se apartó del cortinero y se
acercó a mí. Qué pasa, preguntó; entonces la puse al tanto de la
situación. Se molestó conmigo. Toca aclarar que fui yo quien
insistió en aceptar el entuerto propuesto para destrabar el asunto.
Empezó a decirme que, si la señora Tarazona cayera muerta, de
un infarto fulminante, la casa entraría en sucesión y habríamos
perdido el dinero invertido. No hay nada, me decía, mirándome a
los ojos, que demuestre legalmente que esta casa es nuestra. Le
dije que era una exagerada y una trágica, que esa señora
respiraba salud por cada uno de sus poros. Era no más verla para
saber lo alentadita que estaba. Tú no sabes lo que pueda pasar,
me dijo, supón que se cae en la ducha o que la atropella un carro.
Porque Mariana es así, supuse que ya tendría en su cabeza,
formada con mucha nitidez, la imagen de la señora Tarazona
despaturrada en la ducha o cubierta por una sábana en la avenida
Caracas con calle Veintiséis. Entonces le dije que no se armara
películas, que la próxima semana estaríamos legalizando todo.
Como sabía que la única manera de terminar la discusión era
poniendo nuevamente en su cabeza el tema de las cortinas, me
apresuré a preguntarle si creía que los paneles, dado que eran
material sintético, traslucirían poca luz. Mariana detesta los
recintos oscuros. Entonces volteó la cabeza en dirección del
cortinero. Este, parecía, había estado siguiendo nuestra discusión;
sin embargo, avergonzado tal vez, bajó la cabeza con mucha
rapidez y fingió entretenerse con el catálogo que había traído.
Caminamos hasta él. Unos pasos antes de llegar, Mariana se
detuvo y me encaró de nuevo; quería saber qué pasaría si la
señora Tarazona, por pura mala fe, se abstenía de firmar las
escrituras para quedarse con nuestro dinero. Entonces le dije:
Mira, Mariana, de aquí no nos sacan ni a garrote. Después le
expliqué que, cuando alguien tomaba posesión de un predio, con
derecho o sin él, sacarlo de ahí era uno de los procesos más
complejos que existían en la legislación colombiana. Un trámite de
esos puede durar años, aclaré. Incrédula, arrugó las cejas; pero
después se dio vuelta y le pidió al cortinero, pues ya ella lo sabía,
que me explicara cómo era el filtrado preciso y adecuado de la luz.
El cortinero tomó más de lo convenido en terminar
nuestro pedido. Entre tanto Mariana y yo nos dedicamos a
organizar el trasteo. Abrir y vaciar cajas. Deshacernos de cosas
inútiles. Buscar el mejor lugar para las cosas útiles. Escoger la
ropa que ya no usábamos y regalarla. Mirar las paredes con
detenimiento para definir dónde quedarían bien un par de cuadros
de arte abstracto que pretendíamos comprar. Como todo lo
hacíamos al finalizar la tarde, tan pronto llegábamos de la oficina,
el asunto era un poco demorado. No imaginábamos cómo todo
pudo cabernos en nuestro antiguo apartamento. Mucha basura,
decía Mariana, refiriéndose, entre otras cosas, a una cantidad de
revistas que yo pretendía conservar para cuando tenerlas fuera un
privilegio del más agudo de los coleccionistas. Ahora, cuando
recuerdo estas faenas, en este cuarto diminuto, caigo en la cuenta
de que, aunque agotadoras, representaron uno de los últimos
momentos en que fui feliz. Entonces, mientras me aplico sobre
unas bambulitas venecianas, cierro los ojos y me parece ver a
Mariana sacando un cofre de una caja para estudiarlo con
detenimiento; después, sin mucho entusiasmo, lo mete dentro de
una bolsa negra de basura que tiene a su lado. A su lado también
estoy yo, sentado, la espalda contra la pared, sosteniendo una
cerveza en la mano y presto a dar mi opinión sobre cada cosa.
Casi dos semanas después apareció el cortinero.
Llamó por la noche para indicar que al otro día, temprano, si nos
quedaba bien, vendría a instalar las cortinas. Mariana no podía;
pero yo, pues solo tenía una reunión después de mediodía en la
oficina, lo esperaría en la casa. El tipo llegó más o menos a las
once de la mañana. Venía en un carro que, veinte años atrás,
habría sido último modelo. Pero carro al fin y al cabo. El nuestro,
habíamos tenido que venderlo para terminar de reunir lo de la
cuota inicial. Traía dos maletas bastante grandes. Me apresuré a
ayudarle con una. Cuando entró abrió la primera maleta y
comenzó a sacar telas, tubos y rieles, que fue ubicando sobre el
sofá. Acordamos comenzar por las cortinas de la sala. Me pidió
una silla o algo en lo que pudiera subirse. Le acerqué una que
tenía en la cocina. Se descalzó. Subió. Miró hacia uno y otro lado,
como haciéndose una idea más concreta de las dimensiones.
Después comenzó a retirar los rieles de las cortinas que tenía la
antigua dueña de la casa. Le dije que, si quería, si le servían para
algo, podría llevárselos; el tipo me sonrió y con un gesto bastante
ligero me dio a entender que aceptaba el ofrecimiento. Después
comenzó a instalar los nuevos rieles. Entonces me quedé
contemplando todo el proceso. Siempre, desde niño, me ha
fascinado ver cuando alguien ejecuta un oficio que conoce y
domina. Cuando lo hago se me adormece la cabeza, como si un
escuadrón de hormigas comenzara a caminar dentro de ella. El
tipo sacó un taladro pequeño, casi como una pistola; después,
subió con uno de los rieles para dejar ligeras marcas con un lápiz
a lo largo del ventanal que da contra el interior del conjunto. Con
gran habilidad, comenzó a abrir pequeños huecos en los puntos
marcados. La punta del taladro apenas si entraba un poco en la
pared, dejando escapar miles de partículas de polvo de ladrillo.
Después comenzó a introducir los chazos en los huecos. Me
llamaba la atención la velocidad con que hacía todo. Con la mano
izquierda sacaba dos del bolsillo de su camisa; después, uno de
ellos lo llevaba hasta su boca y lo sostenía con los labios; el otro,
lo introducía en el orificio para después darle un golpe con un
martillo que había permanecido guardado en el bolsillo de su
pantalón. Después, mano derecha y martillo se descolgaban y
suspendían en el aire mientras la izquierda liberaba el chazo de la
boca y lo ajustaba a un nuevo orificio. Esta imagen, mecánica y
perfecta, se sucedía una y otra vez mientras las hormiguitas
caminaban con mucha placidez, metiéndose curiosas y arbitrarias
por rincones insospechados dentro de mi cabeza. Seguí la
instalación por todas las habitaciones de la casa. Un par de veces
tuve que atender recomendaciones de Mariana de último minuto,
que seguía el avance de todo a través del celular. Pero después
volvía y me concentraba en la pericia con que el cortinero ajustaba
y calibraba los paneles dentro de cada riel. De vez en cuando me
atrevía a interrumpir su labor con algún comentario o pregunta
insensata, alentado por la posibilidad de recibir pormenores de la
complejidad del proceso, ante lo cual las hormiguitas parecían
desquiciarse.
Dos horas después el cortinero terminó. Saqué el
dinero y le pagué. Cuando bajamos de nuevo al primer piso, me
sugirió que saliera de la casa y observara desde afuera cómo
lucían las cortinas. Entonces salí. Me alejé unos cuantos metros
para alcanzar a ver también las del segundo y tercer pisos. El
cortinero me miraba desde adentro. Movía los paneles a uno y
otro lado y se quedaba mirándome, como en espera de mi aval.
Después cerró las cortinas casi por completo. Unos segundos
después sentí un golpe seco. La puerta de la casa se había
cerrado. En forma instintiva mandé mis manos al bolsillo del
pantalón para sacar las llaves; sin embargo, caí de inmediato en la
cuenta de que las había dejado adentro. Me acerqué hasta la
puerta. Di tres golpes suavecitos y esperé a que el cortinero la
abriera. Pasaron algunos segundos y de adentro solo me llegaba
el sonido de sus pasos. Pero la puerta no se abría. Entonces
golpeé de nuevo. Esperé. Seguí escuchando pasos. Aunque
absurdo, pensé que el cortinero se había confundido con la puerta
que da contra el depósito. Me fui hasta la ventana. Por la pequeña
abertura miré hacia adentro. El cortinero estaba en todo el centro
de la sala, como mirando las cortinas; nuestras miradas se
cruzaron. Le sonreí y estiré mi mano en dirección de la puerta.
Entonces el cortinero me sostuvo la mirada. Su gesto era extraño,
entre apacible y severo. Permaneció inmóvil durante varios
segundos sin dejar de mirarme. Supe entonces que no iba a abrir.
Después se dio la vuelta y caminó hasta la cocina. Lo vi servirse
un jugo. Se lo tomó; entre tanto yo, atónito, lo observaba desde la
ventana. Después caminó de nuevo hasta la sala y cogió la
segunda maleta, que hasta entonces había permanecido cerrada.
Pretendí, con mucha ingenuidad, hacer un último gesto señalando
la puerta; el cortinero, aunque se percató de mi llamado, comenzó
a subir las escaleras y desapareció de mi vista. Tomé mi celular y
llamé a Mariana. Amor, le dije, casi sin saludar, el cortinero se
encerró en la casa. Mariana no comprendió nada, porque
enseguida preguntó que si se había trabado la puerta. No, le dije,
solo entonces reconocí angustia en mi voz, el cortinero se encerró
él mismo y no quiere salir. Mariana, un poco menos serena, me
preguntó qué hacía yo fuera de la casa mientras el cortinero
estaba adentro. Mirando las cortinas, amor, salí para ver qué tal
habían quedado, le contesté, cada vez más exasperado. Media
hora después llegó Mariana. En ese momento estábamos afuera
todos; es decir, los vigilantes del conjunto y yo. Esperábamos a la
policía.
Mientras tanto fuimos todos al parque del conjunto,
ubicado en la parte trasera. Desde ahí, explicó Mariana,
podríamos seguir más fácil sus movimientos dentro de la casa. Un
par de veces lo vimos asomarse al balcón de la habitación
principal. Mariana le agitaba la mano. Los vigilantes, con radios en
la mano, hablaban con los compañeros que se habían quedado en
la portería del conjunto; como esto, pienso ahora, mientras
compruebo que mi pedido está listo, no servía para nada, supongo
que pretendían intimidarlo. Pero el cortinero parecía sumido en un
mutismo extraño. Verlo en nuestro balcón, ajeno por completo a
nuestros reclamos, me llevaba a pensar en un autista. Pero no lo
era. Le pregunté a Mariana si creía que, tal vez, habría
enloquecido, a lo que ella contestó con un gesto que no supe
descifrar. Uno de los vigilantes pretendió, como si el cortinero
fuese un suicida presto a arrojarse al vacío, disuadirlo con
argumentos psicológicos. Que con eso no ganaba nada, le
explicaba a gritos; a lo mejor, si salía de la casa, podría evitarse
problemas judiciales y buscar una salida sensata a cualquier
problema que tuviera. Se le va a ir hondo, mi hermano, se le va a
ir hondo, repetía con mucha insistencia. El cortinero abandonaba
el balcón y desaparecía. Unos minutos después, lo veíamos entrar
a las habitaciones de los niños. Abría los clósets y miraba su
interior. Después, volvía a cerrarlos. Entraba a los baños y salía al
cabo de unos minutos. Después bajaba al primer piso y caminaba
hasta el cuarto del servicio. Nosotros le dábamos la vuelta a la
casa para seguir desde otro ángulo su recorrido. Parecía estar
reconociéndolo todo.
La policía llegó media hora después. De la patrulla
descendieron tres oficiales. Nos dieron la mano. Mientras los
poníamos al tanto de todo miraban hacia la parte de arriba de la
casa, como temiendo que en algún momento algo fuera a caerles
en forma intempestiva. La presencia de ellos nos tranquilizó a
todos. Sin embargo, antes de emprender cualquier tipo de
procedimiento, nos sometieron a un interrogatorio que en ese
momento atendimos con mucha diligencia, pero que ahora,
mientras miro la dirección donde debo entregar mi pedido, me
resulta absurdo. Que si el tipo me había violentado. Que si noté
alguna actitud extraña o sospechosa. Querían saber, también, qué
tipo de relación teníamos con él; tal vez, explicaron, todo obedecía
a algún ajuste de cuentas. Que cuál era la dirección del local
donde operaba su negocio. Que cómo habíamos llegado a él. Que
cuánto tiempo había permanecido con el cortinero mientras
estábamos adentro. Después empezaron a recorrer el exterior de
la casa, como determinando cuál sería la mejor manera de
ingresar; pero al final, cuando propuse violentar la chapa, el oficial
que parecía liderar el asunto me explicó que no podían llevar a
cabo ese tipo de procedimientos sin una orden judicial. Como la
respuesta me pareció terriblemente absurda, comencé a discutir
con él. Cuestioné su competencia. Pregunté, cada vez más
exasperado, cuál habría sido la respuesta si mi llamado hubiese
sido para reportar que un hombre armado había irrumpido en mi
casa para asaltarme. Pedí que me explicaran cuál era la
diferencia. El método sereno y no carente de violencia, que había
usado el cortinero, parecía legitimarlo todo. Según el oficial, no
estábamos ante un asalto sino ante un caso de invasión de la
propiedad privada, lo cual tenía estipulado un procedimiento legal
que debían respetar. Sin una orden judicial no podían allanar la
casa. Entonces pedí, casi a gritos, que se comunicara con sus
superiores. Mariana me exigía calma. Los vigilantes del conjunto
se limitaban a observar. Me escuché decirles a los oficiales que
eran unos peleles. Me vi agitar las manos con mucha excitación.
Al final, estuve a punto de que me subieran a la patrulla por
irrespeto a la autoridad; pero Mariana, cuando mi detención era
inminente, logró convencerlos de que era natural que yo hubiese
entrado en ese estado de alteración, por lo cual pedía disculpas.
Cuando los policías se marcharon nos sentamos en un
andén enfrente de la casa. Hicimos un par de llamadas a la
inmobiliaria. Queríamos que la antigua dueña de la casa se hiciera
presente. Sin embargo, nos informaron, había salido de viaje; esa
era la verdadera razón por lo cual habían pospuesto la firma de
las escrituras. Un rato después los vigilantes regresaron a la
portería. La tarde se hacía cada vez más opaca. Le pregunté a
Mariana cómo le había ido en la oficina. Ella, sin mucho
entusiasmo, me puso al tanto de una reunión muy importante que
había tenido con su jefe, en la que se definían muchas cosas.
Comencé a jugar con una ramita que estaba junto a su pie
izquierdo. Tracé pequeños surcos sobre un montoncito de arena.
Después, con la misma ramita, repasé los bordes de los
adoquines. Unas cuantas hormigas, estas sí reales, caminaban
con mucha paciencia alrededor de mi pie. Agradecí que Mariana
no la emprendiera conmigo; de alguna forma, asumí, podía alegar
ingenuidad de mi parte en todo lo ocurrido. Ante esa posibilidad, si
es que en algún momento llegaba a intuir el más mínimo asomo
de reclamo de su parte, estaba presto a recordarle lo
simpatiquísimo que le había resultado el cortinero. Pero Mariana
no decía nada. De vez en cuando la escuchaba suspirar. Parecía,
en cambio, estar bastante entretenida viendo cómo me dedicaba a
obstruir el camino de las hormiguitas, que por uno y otro lado se
esmeraban en sortear mi ramita. Permanecimos abrazados
procurando no mirarnos; es posible que, lo pienso ahora, fuera
esta la forma que encontramos para no reconocer en los ojos del
otro nuestra propia impotencia. Está viendo televisión, dijo
Mariana, al cabo de un rato, tal vez un par de horas; entonces,
casi sin ánimo, miré hacia arriba y comprobé cómo unos destellos
de luz, irregulares y arbitrarios, salían de nuestra habitación.
Esa noche nos quedamos en nuestro antiguo
apartamento. En un principio Mariana propuso buscar un hotel;
algo económico, mientras se solucionaba todo. Pero tal vez lo hizo
sin mucha convicción, porque después de caer en la cuenta de
que tendríamos que comprar algo de ropa y unas medicinas que
ella tomaba con regularidad para controlar la digestión, tomamos
un taxi y le pedimos que nos llevara al apartamento. Por fortuna,
aún quedaban algunas cosas que no habíamos llevado en la
mudanza. Un sleeping, por ejemplo, que resultó fundamental para
pasar la noche; una ollita para el café y una pelota de tenis que un
día me encontré abandonada en el parque. Nos sentamos en el
piso, cada uno en un extremo de la sala, recostados contra la
pared que nos correspondía. Repasamos una y otra vez lo
sucedido. También conversamos sobre las posibilidades de
Mariana de llegar a ser la coordinadora regional de la oficina de
finca raíz en la que trabajaba. De que yo buscara un trabajo en el
que no viajara tanto; al menos por ahora, dijo Mariana, que
estamos buscando el bebé. Entonces me tiró rodando la pelota de
tenis. En ese momento le dije que, me parecía, el estrés que esto
nos producía estaba inhibiendo el proceso; es cuestión de
relajarse, concluí, luego le devolví rodando la pelota. Mariana,
jugando con ella, me dijo que, de hecho, así lo estaba asumiendo;
era el colmo que no me hubiese dado cuenta. La vi subir dos
dedos de su mano izquierda para que caminaran sobre la pelota,
como si fuesen las piernas de uno de esos virtuosos artistas de
semáforo. Nos quedamos callados durante algunos minutos; ella
seguía entretenida con la pelota de tenis mientras yo pensaba
que, al otro día, llamaría a mi jefe para ponerlo al tanto de todo y
pedir así un par de días, mientras se solucionaba el problema.
Después Mariana me mandó de nuevo la pelota y me recordó mis
palabras la tarde en que el cortinero nos había enseñado el
catálogo; se refería a cuando dije que, cuando alguien toma
posesión de un predio, con derecho o sin él, sacarlo es uno de los
procesos más complejos de la legislación colombiana. En un
principio no contesté nada. La miré con un gesto de resignación;
sin embargo, mientras montaba mis dedos para que también se
equilibraran sobre la pelota, le dije que estábamos hablando de
dos cosas completamente diferentes. El policía, le expliqué, en
cierta forma tenía razón; era cuestión de ir al juzgado y radicar
una denuncia. En menos de cuarenta y ocho horas, le aclaré,
emiten la boleta para que puedan entrar y sacarlo por la fuerza.
Entonces le tiré la pelota. Mariana, devolviéndola casi de
inmediato, me miró un poco incrédula; sin embargo, pude leer en
su mirada que, antes que refutar, prefería aferrarse a esa
posibilidad sin entrar en consideraciones de ningún tipo. Haciendo
rebotar la pelotica, le hablé de nuevo, como tantas veces en los
últimos meses, sobre mi aburrimiento cada vez mayor en la
oficina; quiero algo que sea mío, nuestro, le dije, así sea un
restaurante o una tienda de empanadas. Mariana me miró con una
ternura contenida; aunque alargó la mano para pedir la bola, en
ese momento no dijo nada. Ambos sabíamos que sí; ese era, una
vez comprada la casa donde ahora vivía el cortinero, nuestro
próximo propósito. Después dijo qué vergüenza y se tapó la boca,
riendo con mucha picardía; me explicó que, literalmente, se le
caería la cara de la vergüenza cuando llegara a la oficina con la
misma pinta. Yo alcé los hombros y le pedí que me tirara la pelota.
Un rato después nos acostamos, abrazados, siendo solo un
cuerpo dentro del sleeping. Así pasamos la noche.
Al otro día, en el juzgado, tuve una discusión con uno
de los auxiliares del juez. No quería recibir mi denuncia. La
cuestión, me explicó, es que solo el dueño de la casa podría
radicarla. Aunque de mil formas intenté ponerlo al tanto de los
pormenores del proceso de compra de la casa, el tipo seguía
empeñado en que todo era cuestión de registro. La casa es suya,
yo le creo, me dijo, mirándome a los ojos y poniéndose una mano
sobre el pecho; pero, repetía, todo era cuestión de registro. Lo
único que importaba en este tipo de diligencias era lo que
estuviera consignado en las escrituras; ni siquiera valía, me hizo
saber, que pusiese de testigo al funcionario de la notaría que
estaba llevando el proceso de traspaso de la casa. Tampoco al
abogado del banco que nos daría el crédito hipotecario para pagar
el excedente. Todo es cuestión de registro, repetía, cada vez que
yo ensayaba un nuevo argumento. En un principio me quedé
sentado en una de las sillas de la entrada; sin decir nada, solo
mirando cómo entraba y salía la gente, como si el auxiliar fuese un
profesor de colegio que, después de ver la espera angustiosa y
esmerada de su alumno, aceptara subir su nota para que
aprobara la materia. Al cabo de un rato, consciente del absurdo,
decidí ir a otro juzgado buscando mejor suerte. La respuesta fue la
misma. Entonces, luego de poner a Mariana al tanto por teléfono,
llamé furioso a la inmobiliaria para pedir que la señora Tarazona
regresara de inmediato a poner la denuncia o agilizar el proceso
de firma de las escrituras para que nosotros pudiéramos hacerlo.
Luego de comunicarse con ella me explicaron que, para
ayudarnos, la señora Tarazona había anticipado su regreso. Sin
embargo, aún faltaban cinco días para esto. Sin mucho qué hacer
al respecto, y asesorado remotamente por Mariana, me fui a un
centro comercial a comprar algo de ropa: un par de blusas, un par
de sastres, saquitos, ropa interior y unos zapatos. De todo me dio
tallas, marcas y referencias exactas. También me pidió que
comprara una paila para preparar huevos, una toalla y artículos
para el aseo. Ropa para ti, dijo a lo último; yo sé que, si por ti
fuera, te quedas así hasta que todo se arregle, pero es importante
que te cambies, concluyó. Antes de eso habíamos convenido que
no era necesario el hotel. Por tratarse de solo unos cuantos días,
y si no olvidaba nada de la lista, nos las arreglaríamos bastante
bien.

Después de comprar las cosas me fui para la casa. En
la portería me contaron que, por la mañana, el cortinero había
salido a trotar alrededor del parque. Uno de los vigilantes me dijo
que, aunque él pensó en retenerlo, la administradora del conjunto
lo había disuadido porque podría acarrearles problemas legales.
Entonces me fui para el frente de la casa. Me senté de nuevo en
el andén en el que habíamos estado con Mariana y me dediqué a
vigilar, esperando ver al cortinero. Pensé que, si este saliera, me
abalanzaría sobre él. El factor sorpresa sería mi mejor aliado. Lo
forzaría a que me diera las llaves; una vez adentro, todo volvería a
la normalidad. Pensé en lo maravilloso que sería tenerle esa
sorpresa a Mariana. Entonces me hice a un costado de la casa,
donde no pudiera verme. Antes de eso había dejado los paquetes
con las compras lejos de la entrada, despejando el terreno, por si
el asunto se resolvía con un combate cuerpo a cuerpo. Esperé. Un
rato después pensé que, aunque estaban las luces encendidas, la
casa parecía vacía. En ninguno de los pisos se veía movimiento.
Observé con mucha atención buscando algún indicio de la
presencia del cortinero. Casi veinte minutos después lo vi cruzar
de una habitación a otra. Tenía puesta una chaqueta mía. Tal vez
no escogí bien mi posición, porque supe de inmediato que se
percató de mi presencia. Se quedó mirándome desde el segundo
piso. Después caminó hacia el estudio. Parecía buscar algo. Me
moví un poco para continuar observándolo. Al cabo de unos
minutos bajó las gradas y se sentó a leer en el sofá de la sala. El
libro era uno de superación personal que alguna vez compré en el
aeropuerto: Si lo puedes imaginar, entonces es posible. El autor
no lo recuerdo. Me acerqué cuanto pude a la ventana. Tuve que
ponerme de rodillas para poder observar por una pequeña
abertura en las cortinas. Me importaba, sobre todo, que le
fastidiara mi presencia. Pero el tipo no daba muestras de la más
mínima perturbación. Pensé en ir por una piedra y romper el
ventanal. Lo sacaría a rastras. Para cuando los vigilantes llegaran,
llamados por el escándalo, ya yo habría tomado posesión de la
casa. Sin embargo, en momentos tan definitivos como ese, desde
que estaba pequeño, algo en mi organismo comienza a producir
una sensatez que fluye dentro de mí y me sofoca. Al final me
paraliza. Es por eso que solo comencé a gritar para llamar su
atención. El cortinero ni se movía. Parecía haber muerto con el
libro entre sus manos. Cada cierto tiempo, poseído por una
serenidad pasmosa, lograba revivir para pasar la página.
Recuerdo haber sido medido en mi vocabulario; pero aun así
alguien, alguno de mis nuevos vecinos tal vez, quien al parecer no
estaba al tanto de nada de lo sucedido, llamó a la portería para
quejarse. Un rato después, cuando ya mi voz parecía desgarrarse,
apareció uno de los vigilantes con la administradora; aunque se
mostraron solidarios, e intercambiaron conmigo algunas palabras
de indignación y repudio, me hicieron entender de la manera más
sutil que lo mejor era que me marchara. Entonces me marché.
Mariana, en cualquier momento, llegaría al apartamento. Sentí
una especie de alivio por tener una mujer como ella a mi lado; no
sabía que las cosas, unos días después, terminarían saliéndose
de su cauce por completo.
Solo cuando entró Mariana y miró a uno y otro lado de
la sala, recordé los paquetes. Ella traía, también, uno bastante
grande. Mira lo que compré, me dijo, mientras extendía una
colchoneta plegable. Tuve que contarle sobre mi visita a la casa
para explicarle por qué no estaban los paquetes con las compras.
Mientras ella preparaba algo de comer, tomé un taxi y fui de nuevo
hasta la casa. Me preocupaba que el cortinero se hubiera
apropiado de ellos. También pensé que, tal vez, una nueva
oportunidad se abría ante mí; a lo mejor el destino había dispuesto
todo en esta forma para que recuperara la casa. Era posible que
el cortinero estuviera afuera o cometiera la imprudencia de salir.
Pero este no fue el caso. Ni siquiera tuve que entrar al conjunto; la
administradora, comedida, los había recogido y dejado en la
portería. Entonces el vigilante me contó que, cuando me marché,
el cortinero había salido de la casa para ir hasta la tienda.
Después, me contó, había entrado de nuevo con unas bolsas de
leche en la mano, saludando muy cordial.
Regresé al apartamento. Comenzamos a analizar con
Mariana nuestras alternativas. Nos interesaba saber qué nos
resultaba mejor; por un lado, estaba la posibilidad de deshacer el
negocio de la casa, pedir el dinero de la cuota inicial y dejarle el lío
del cortinero a la señora Tarazona. Pero era obvio que echarnos
para atrás significaba perder una buena suma de dinero debido a
las cláusulas de incumplimiento. Así que, decidimos, mientras
comíamos la pasta que había preparado Mariana, agilizar la firma
de las escrituras para poder radicar la denuncia en el juzgado y
así sacar al cortinero. Era cuestión de días. Pero en esos días
pasaron dos cosas. Una de ellas es que comencé a acostarme
con Juliana, una de las secretarias de la empresa. Un par de días
después, cuando venía de vigilar al cortinero, lo cual era ya una
rutina que llevaba a cabo con rigor después de salir de la oficina y
antes de irme para el apartamento, me llamó Juliana. Quería que
le validara unas órdenes de compra. Es importante aclarar, para
que quede en el registro, que las visitas a la casa me dejaban
lleno de rencor; una suerte de amargura, que poco a poco se
tornaba venenosa, tomaba posesión de mí. Imaginar cientos de
formas en que expulsaba al cortinero me dejaba agotado.
Entonces me tensionaba, lo cual se materializaba con unos
espasmos que se formaban en mi espalda. Llegar al apartamento
suponía, entre otras cosas, mantener vigente esa tensión. Porque
entonces Mariana hacía explícita toda la creatividad que una
mujer como ella puede llegar a tener; imaginaba, cuando su
cabecita no volaba tanto, un pleito judicial de años con cámaras
de televisión y periodistas ansiosos de una declaración nuestra.
En otras ocasiones me visualizaba encarcelado, por haber
asesinado al cortinero después de una fuerte discusión en la que
yo perdía la cordura. Esa era una de las cosas que más me
gustaba de Mariana. Me tenía fe. Aun así todo esto me hacía
vulnerable. También vale decir que la voz de Juliana, de por sí, lo
llena a uno de paz. No es una mujer bonita. Tampoco fea. Pero su
voz puede enamorar a cualquiera. Cuando vi en la pantalla de mi
celular que era ella, en algo me reconforté. Las conversaciones
con Juliana, por lo general, eran un asunto serio; sin embargo, de
vez en cuando, nos permitíamos algún comentario juguetón que
no pasaba de ahí. Pero esa noche, vulnerable como estaba,
terminé en su apartamento.
Supe de inmediato lo mucho que me hacía falta sentir
todo mi cuerpo extendido en una cama con colchón y almohadas.
Comprobé, también, que el talento que siempre había admirado
en Juliana no solo se limitaba al terreno de las facturas, órdenes
de compra y registros contables; ella, también, deshacía nudos y
espasmos con sus dedos, a cambio de que le escucharan un
montón de problemas que tenía y le hicieran el amor. Eso era lo
mejor de todo. Me refiero a que cuando estaba con Juliana el
cortinero no existía. Nunca existió para ella. En cambio me
enteraba de un padre que, después de varios años de abandono,
aparecía de nuevo; de un sobrino que tenía problemas renales y
cuyos tratamientos desangraban económicamente a toda la
familia; de una hermana que se había ido para los Estados
Unidos, casada con un gringo, y ahora volvía amargada y
separada; de un tío de ella, el mayor, a quien habían descubierto
abusando de la hija del vecino. Historias más truculentas que la
mía. Relatos detallados en los que no había posibilidad ni espacio
para un cortinero desquiciado. Sin embargo, el cortinero
recuperaba su protagonismo una vez abandonaba el apartamento
de Juliana; emergía, aunque no en forma abrupta, dentro de mi
cabeza.

Lo otro que pasó fue que nos llamaron de la inmobiliaria
para citarnos en la notaria a firmar las escrituras. Ahí estuvimos
con Mariana. Mientras espero un bus que me lleve a entregar el
pedido, recuerdo todo con mucha nitidez. La señora Tarazona,
una vez la pusimos al tanto de todo, parecía no dar crédito a
nuestras palabras. Por momentos se reía, al tiempo que negaba
con la cabeza; pero también decía que su nuevo marido lo
hubiese sacado a patadas. Yo, mirando las escrituras, procuraba
hacerme el desentendido. Antes de haber acudido a la cita,
Mariana ya había contemplado la posibilidad de que el cortinero y
la señora Tarazona fueran cómplices de todo; tal vez ella lo
contrató, decía, para quedarse con nuestro dinero. Aseguraba
haber sospechado actitudes o percibido gestos que, resultaba
evidente, acababan de formarse en su cabeza. En la notaría nos
dijeron que, tres días después, se habría surtido en forma
completa todo el proceso de registro. Esa misma tarde, luego de
dejar a Mariana en el apartamento, alegué que tenía que regresar
a la oficina para sacar trabajo represado. Entonces me fui para la
casa.
El cortinero estaba trotando en la caminadora de
Mariana. Tenía el torso desnudo. Me dediqué a mirarlo con cierta
complacencia; quiero decir que, de alguna forma, quería que mi
mirada pudiera transmitirle mi certeza de que, unos días después,
habría terminado todo. Él volvería a ser el mismo cortinero de
siempre y nosotros los dueños de la casa. Así que cuando él, en
forma desprevenida, o deliberada tal vez, miraba hacia fuera, yo le
sonreía; entonces asumía que él podía leer en mi sonrisa todo el
sarcasmo virulento que llevaba dentro y se intimidaba. Pero en
lugar de esto parecía aceptar mi desafío y me sostenía la mirada.
Después se bajó de la cinta y se puso frente a mí. Comenzó a
mover el cuello y los hombros con mucha agilidad. Parecía un
boxeador en fase de calentamiento. Un pugilista que, momentos
previos al combate, estudia a un oponente que, aunque derrotado
de antemano, mantiene vigente la esperanza de permanecer en
pie un par de asaltos. Mientras el cortinero seguía obstinado en
sus absurdos movimientos, pensé en terminar el asunto con
Juliana cuando todo volviera a la normalidad. Desaparecido el
cortinero, lo más lógico era que mi cuento con ella se esfumara
también. Un rato después me marché para su apartamento.
Sentía una necesidad apremiante de borrar de mi mente al
cortinero, así fuera solo por algunas horas. Esa noche Juliana me
contó de todos los tipos de la oficina que, valiéndose de toda
suerte de artificios, habían pretendido estar con ella; en cambio en
mí, me dijo, había encontrado a alguien diferente. Yo no decía
nada, simplemente la dejaba hablar; sobre todo, me concentraba
en la forma en que los tendones de mi cuello, tensos, iban
cediendo a la presión de sus dedos.
Un par de horas más tarde llegué al apartamento. Todo
estaba oscuro. Caminé hasta la cocina. Vi que Mariana me había
dejado café y unas masitas sobre un plato. Tal vez asumió que
llegaría cansado y con hambre. Me recosté sobre el mesón de la
cocina y comí. De la habitación me llegaban unos ligeros
ronquidos; imaginé la colchoneta y el sleeping extendidos sobre el
piso en medio de la habitación. Imaginé a Mariana metida dentro
del sleeping; a un costado, al lado de sus botas, su ropa muy bien
organizada. Me vi a mí mismo entrando al sleeping, dándole las
buenas noches; ella, adormecida, balbuceando un hasta mañana.
También imaginé al cortinero, durmiendo con mucha placidez en
nuestra cama; lo vi, cínico, arroparse con el cubrelecho que tan
indecisa tuvo a Mariana en el centro comercial, días antes de que
nos entregaran la casa. Cuando faltaba poco para terminar el
café, traté de recordar cuándo había sido la última vez que
hicimos el amor. Me preocupaba la posibilidad de que la
cronología biológica, que tan rigurosa es en Mariana, demandara
que, una vez sintiera mi presencia, pretendiera estar conmigo; me
indignaba entonces haber perdido mi disposición para el amor en
el apartamento de Juliana.
Unos días después, cuando ya Mariana comenzaba a
traducir en malgenio la mala vida que nos dábamos viviendo en un
apartamento desolado, nos llamaron de la notaria para que
recogiéramos las escrituras. Mariana dispuso todo para
acompañarme. Ahora ya podríamos radicar nuestra denuncia. Le
dije que quería hacerlo en el mismo juzgado al que había acudido
la vez anterior; me complacería ver de nuevo la cara del tipo que
no había hecho otra cosa que repetir hasta el agotamiento que
todo era cuestión de registro. Fue él mismo quien nos recibió. Se
acordó de mí; lo supe al ver la forma en que cruzamos la mirada.
Sin embargo, empecé mi recuento como si fuese él otro empleado
que no supiera nada del asunto; entonces me interrumpió y dijo
que lo recordaba todo con mucha claridad. Nos pidió esperar.
Después de casi una hora, nos hizo seguir al despacho del juez.
Comencé a referir para los dos todo lo sucedido. Mientras repetía
los pormenores del incidente, haciendo pausas convenientes para
que el auxiliar tomara sus notas, caí en la cuenta de lo absurdo
que me resultaba todo. Casi una hora después, en la que el juez
se limitó a escuchar e interrumpir en un par de ocasiones para
preguntar cosas puntuales, la diligencia terminó. Cuando quise
saber cuánto tardarían en emitir una boleta para que la policía
pudiese recuperar la casa secuestrada, el juez arrugó las cejas
sorprendido; no, señor, así no son las cosas, ahora toca
escucharlo a él. Explicó que lo citaría a una diligencia similar para
escuchar sus descargos; toca ver, dijo mirándome a la cara,
pretendiendo dotar sus palabras de una sapiencia innecesaria,
cuáles son sus argumentos. Es importante, concluyó, saber qué
es lo que alega él para tomar posesión de la casa. Volví a
enfurecer. Solo que esta vez, cuando vi la forma en que Mariana
me enarcaba las cejas, cuidé muy bien mis palabras y contuve mis
impulsos; pero me resultaba evidente que tendría la cara
enrojecida. Entonces levanté las escrituras, que hasta el momento
habían permanecido en mi mano izquierda, y dije que la casa era
nuestra; así que, alegué no entender, qué importaba saber cuáles
eran sus motivos. Que de eso se encarguen los psicólogos,
alegué de nuevo; o tal vez el abogado que salga en su defensa
para evitarle la prisión. Por el momento, rematé, lo único que se
requiere es que nos devuelvan nuestra casa. Entonces levanté de
nuevo las escrituras y las mantuve unos instantes a la altura de
sus ojos. El juez, luego de permanecer en silencio unos segundos
y aclararse la garganta, aseguró entender mi posición; pidió, sin
embargo, un poco de cordura. La casa es de ustedes, dijo, pero
solo por cuestiones de registro; no obstante, hay un hecho fáctico
y es que alguien más ha tomado posesión de ella. Así que mi
trabajo, ahora, consiste en surtir el proceso para devolverla a
quienes en derecho les corresponde. Mariana me tomó la mano y
la apretó. Permanecimos sentados sin decir nada en un principio;
después, cuando alguno ensayaba alguna tesis, el otro
comprobaba impotente cómo se enredaba en sus propios
raciocinios, ahogados ambos, además, dentro de la nube de
tecnicismos jurídicos que salían de la boca del juez. Esa tarde
abandonamos el juzgado abatidos y a punto de llorar; es decir,
Mariana lloraba y yo apretaba mi lengua con los dientes.
De ahí en adelante no vale la pena entrar en detalles.
Todo, como dije antes, se salió de su cauce. El cortinero, como
cabía esperar, no acudió a los llamados del juzgado, lo cual ponía
el proceso en otra instancia. En el conjunto me prohibieron la
entrada; la razón de esto fue que, la última vez que visité al
cortinero, la sensatez tomó más de lo debido en tomar posesión
de mi cuerpo y pretendí abrir la puerta a patadas. La
administradora ordenó que me escoltaran hasta la portería y me
pidió que no volviera hasta que todo se solucionara. Aunque traté
en un par de ocasiones, no me dejaron entrar. Los vigilantes,
aunque hacían explícito su desacuerdo, alegaban cumplir órdenes
que había proferido la administración, consignadas en una carta
que habían pegado en la cartelera a la entrada del conjunto. Una
semana después de la cita en el juzgado, tuvimos que entregar el
apartamento a nuestro comprador. La noche anterior, sin
embargo, Mariana había descubierto un mensaje de texto en mi
celular donde quedaba en evidencia mi aventura con Juliana.
Entonces se marchó a casa de sus padres. No pasó al teléfono
ninguna de las veces que pretendí explicarle lo que yo mismo no
entendía. Me reuní con sus padres a cenar. Estos, que tanto me
querían, se mostraron fríos y cortantes. La conclusión de ellos fue
que, si en verdad éramos el uno para el otro, en algún momento
todo volvería a la normalidad. Pasé varios días confinado en las
noches dentro de un hotel modesto. La casa pasó a un segundo
plano. Había perdido a Mariana y no porque hubiera en su
corazón un inquilino invasor. En el día, trabajaba con desgano en
la oficina; me volví hostil e intolerante. Me vi agobiado por asuntos
económicos. El banco comenzó a cobrar las altas cuotas del
crédito de la casa donde aún vive el cortinero. Las que alcancé a
pagar tuve que pagarlas solo; no culpo a Mariana, aunque muchas
veces he sentido que saltó del barco dejándome solo en la
cubierta con la responsabilidad de timonearlo y evitar un
hundimiento inminente. Sé que ella es ahora una mujer herida.
Eso lo explica todo. Unas semanas después, cansado de mi
actitud, mi jefe me anunció mi despido. Mi fisonomía desde
entonces ha cambiado muchísimo. Tal vez sea que no he comido
bien últimamente. Lo que me parece más extraño es que, en el
cuarto diminuto en que ahora vivo, he comenzado a sentirme
confortable; lo único que falta ahí adentro es Mariana. No sé qué
nombre debería tener ahora ni quién soy en realidad. Es algo que
suelo preguntarme en las noches cuando no estoy tan agotado.
Aunque sí tengo claro lo que hago. Desde esta nueva vida he
dejado de existir para todos. Incluso para el sistema financiero. No
me interesa ya la casa. No tiene sentido estar en ella sin Mariana
adentro.

Tal vez mi presencia en este cuarto amerite un poco de
detalle. Una tarde, angustiado, entré al conjunto saltando el
alambrado que rodea el parque. Me escurrí hasta la parte trasera
de la casa. En ese momento habían pasado más de tres meses
desde mi última visita. Mis ahorros ya no daban para pagar el
mismo hotel; así que, lo había decidido, buscaría uno en sectores
deprimidos de esta ciudad a la que no le importa nada. Quería, de
todas formas, darle un último vistazo a la casa. Recordar tal vez
los pocos días en que adentro habíamos sido felices con Mariana.
Estuve ahí por más de una hora. Recostado contra el muro del
patio y alejándome de vez en cuando para ver el interior. Se oía
música. Acerqué el oído cuanto pude a la pared para tratar de
descifrar en qué parte estaba el cortinero. No lo pude determinar.
Luego, algo me hizo retirarme un par de pasos y mirar hacia
arriba. El cortinero me estaba mirando. Parecía un poco afligido.
Mientras nos estudiábamos con detenimiento pensé que, tal vez,
lo había impresionado mi apariencia. Tal vez lo conmovió percibir
derrota en mi mirada. Quizá muchas cosas pasaron por su mente.
Lo digo porque, al cabo de algunos minutos en que nos
sostuvimos la mirada, el cortinero se apartó de la ventana; luego
regresó y me contempló de nuevo. Después, como en un esbozo
fugaz e incandescente de la solidaridad humana, abrió la ventana
y arrojó una llave. Me puse de rodillas para buscarla entre el
césped. Era una llave pequeña. La tomé entre mi mano. Miré
hacia arriba e incliné la cabeza como si fuese una señal de
reverencia, aunque no lo era. Salí del conjunto brincándome de
nuevo el alambre. Caminé unas cuantas cuadras. Me paré frente
al anuncio que decía “Se venden e instalan todo tipo de cortinas”.
Ensayé la llave. La puerta abrió sin mayor dificultad. Entré. Estaba
el pequeño mostrador donde alguna vez se entusiasmó Mariana
imaginando diferentes posibilidades para las cortinas de la casa.
Al fondo había una pequeña habitación. Tuve que abrirme paso
entre telas, tubos, rieles y basura. Vi una cama. Me acosté. Cerré
los ojos. Al cabo de unas horas desperté. Tenía hambre. Salí a la
tienda a comprar algo de comer y regresé. Viví sin hacer más que
comer y dormir durante algunos días.
Comencé a contestar el teléfono, que siempre había
sonado insistente, un jueves por la tarde; lo recuerdo muy bien
porque ese día Mariana y yo habríamos cumplido un año más de
aniversario. Era una señora que pedía una revisión de sus
cortinas; permanecen inclinadas de un costado, decía, así que la
tela choca contra el piso y se ensucia. Atendí ese llamado y
descubrí una nueva forma de ganar algún dinero. En los días
siguientes vinieron a pedir cotizaciones. El cortinero, organizado,
tenía las muestras del catálogo con el precio registrado, así que
esto no representó mayor problema. Encontré una libreta donde
tenía anotados los teléfonos de cada uno de los proveedores. Así
que, cuando me salía algún pedido, llamaba a pedir el material; si
preguntaban por Alfonso, así se llamaba el cortinero, explicaba
que había abandonado la ciudad y me había vendido el local. Las
primeras veces perdí muchas oportunidades de negocio; la
cuestión es que, pese a que me aplicaba días enteros a inferir el
mecanismo de armado e instalación de las cortinas, al final todo
me salía mal. Pero con el paso de los días, semanas tal vez,
comencé a ver cómo surgía en mí una pericia que no había
conocido antes. Entonces todo comenzó a marchar mejor. Con el
tiempo he ido haciendo un pequeño capital pensando en crecer el
negocio. Aun así falta mucho tiempo para eso. Varias veces he
intentado comunicarme con Mariana pero no ha sido posible. La
busqué en su casa pero sus padres me explicaron que no quería
verme. Todo esto lo pienso ahora mientras voy camino de regreso
al local, que ahora es mi casa; el cliente de hoy ha quedado
satisfecho con sus bambulitas venecianas. Me pregunto si, tal vez,
quien estuvo pendiente del proceso descubrió destreza en mi
labor. Quizá el tipo que me recibió también haya sentido
hormiguitas caminando dentro de su cabeza.
Para mañana tengo una entrega en el norte de unas
cortinas tipo panel oriental, con las que alguna vez se entusiasmó
Mariana. Recuerdo entonces que me toca revisar algo en el
mecanismo; la última vez que las probé, los paneles no se
superponían en forma adecuada. Me faltan algunos cuantos
metros para llegar al local. Hay dos hombres y una mujer en la
entrada. Qué bien, me digo; me alegra que crezca la demanda.
Uno de los tipos se aparta un poco de la pareja, que está unos
metros más allá, recostados contra un carro; entonces me doy
cuenta de que son clientes diferentes. Cuando estoy cerca, a no
más de veinte pasos, descubro que el hombre que está solo es el
cortinero. La impresión me sacude por dentro. Asumo que viene a
recuperar su local; intuyo de inmediato que pretende despojarme,
también, de este negocio que ahora es mío. Entonces saco de la
maleta mi martillo. Me acerco. Tal vez todo se resuelva con un
golpe seco en la cabeza. Imagino al cortinero tendido en el piso
mientras la pareja huye horrorizada. Sin embargo, la sensatez
hace lo suyo y me cohíbo. Aun así mantengo el martillo en la
mano. Me acerco. La pareja dice que estaban esperando desde
hace algunos minutos; el cortinero no dice nada, simplemente me
mira. Les pido que me digan quién llegó primero; la pareja señala
al cortinero. Así que entro con él mientras ellos esperan afuera.
Los oigo hablar, la mujer parece decirle al tipo que ella se inclina
más por material sintético, pues es fácil de limpiar y esclaviza
menos. Miro al cortinero a la cara. Entonces me dice que necesita
un blackout para la habitación principal; entra mucha luz, explica.
Lo escucho mientras aprieto mi martillo cada vez con más firmeza.
De todas formas pienso en el blackout. Sé a lo que se refiere. No
he instalado ninguno; pero, me digo, siempre hay una primera vez.
Además, pienso, el día en que él lo instaló para mí en las cortinas
de la sala, estuve muy pendiente de todo. Entonces toma el
catálogo. Busca con mucha agilidad y señala con el dedo cuál es
el que quiere. Anoto el pedido en mi libreta. Dice que lo necesita
para el sábado, pues estos días estará de viaje. Escribo su
nombre completo. Cuando pretendo apuntar la dirección, sin
siquiera preguntarle, él la repite conmigo, como cerciorándose de
que esté correcta. Después echa un rápido vistazo al local. Mira
alternativamente hacia uno y otro lado. Aspira un poco más
hondo. No dejo de mirarlo. Concentro mi atención en un punto en
su cabeza, justo arriba de la oreja. Después se da la vuelta y se
va. Lo veo desaparecer por la ventana en dirección de la casa.
Unos segundos después entra la pareja; no tienen mucho tiempo
ya, explican, pero quieren saber si puedo ir al otro día para tomar
unas medidas. Quieren que lleve a la cita el catálogo conmigo.
Tomo sus datos. Nombre completo y dirección. Prometo
puntualidad. Entonces la mujer me da la mano y agradece; lo
esperamos, dice, por favor no nos quede mal, señorrr… Me quedo
mirándola con un gesto que reconozco inexpresivo. La mujer
parece turbarse un poco; sin embargo, extiende la palabra tanto
como puede. Señorrrrr… Cortinero, pueden llamarme cortinero,
les digo sonriendo un poco.

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